lunes, 16 de noviembre de 2009

AGORAFOBIA

Temor angustioso y patológico de hallarse solo en grandes espacios abiertos.
Según wordreference (página de la cual hago uso muy habitualmente, últimamente), esa es la definición de agorafobia; para la gente que la padece, sin duda supondrá muchísimo más de lo que puedan llegar a expresar estas once palabras.
Y, ¿por qué hablo de esto ahora?, os preguntaréis.
La razón no es más compleja que el hecho que me dispongo a contar: el otro día, al abrir la puerta del portal y ceder el paso a una tierna ancianita de aspecto débil, mientras me hallaba inmersa en los sonidos que escapaban por mis cascos (como siempre hago cuando voy y vengo de cualquier lugar, hacia donde sea) me fijé en ella, la miré durante un segundo: el tiempo que hizo falta para darme cuenta de que le asustaba salir fuera de casa. Mientras se santiguaba de una forma efusiva, incluso diría que desesperada, comencé a plantearme cómo sería mi vida si temiese salir a la calle, el lugar donde paso la mayor parte de la mañana y la tarde. En un principio pasó por mi mente que, en realidad, podría prescindir de salir para determinadas cosas. Soy una persona muy independiente, la mayor parte de mis aficiones pueden llevarse a cabo en un lugar cerrado: escuchar música, el cine, las series, leer, escribir, tocar la guitarra, ukelele y demás instrumentillos chorras… aparentemente no supondría tanto problema, ¿no? Ahora se puede hacer la compra hasta por internet y te la traen a casa; puedes trabajar desde un ordenador… pero, ¿y el simple hecho de pasear sin más, por lugares que estéticamente te gustan, que te hacen sentir bien? ¿Cómo me sentiría si no viajase y viese sitios nuevos y maravillosos? Podría disfrutar de la música, sí, pero, ¿qué hay de apreciarla en directo, forma en la cual conocemos si un grupo es bueno de verdad? ¿Qué sería de mí, si me negase a mí misma el placer de pasear por la playa en invierno? Me gusta leer o escribir en casa, pero hacerlo sentada en un banco mientras se pone el sol siempre es mejor…
¿Tú que echarías de menos si tu espacio vital se limitase a un hueco entre cuatro paredes?

martes, 10 de noviembre de 2009

Nous allons en France!

Era, cuanto menos, desesperante que mi mente no alcanzase a deshacerse del mismo pensamiento, el cual volvía una y otra vez. Un pensamiento que se atisbaba dibujando una espiral, esparciendo fugaces pinceladas de otros, relacionados siempre con él, siempre.
En ocasiones, se diluían sus bordes pero, como si de un eclipse se tratase, volvían a aparecer con más fuerza que nunca deslumbrándome. Y quedaba ciega, todo lo alcanzaba, todo se oscurecía a su alrededor, era egoísta, acaparador…

Cuando escribí esto, lo hice en presente. Hoy me regodeo en el cambio de tiempos verbales de su totalidad. Porque me deshice de él.
Se acabó el pensar en frustración, en las dudas que se entrelazaban tejiendo la maraña en la que se habían convertido mis ideas, en la incertidumbre… como ha dicho mi madre hoy vía telefónica; cito fonéticamente: ‘Hay aquí una carta que pone: Madamoisele Arqueros Luque y viene del ministere de france’ (Supermaniángeles no controla el franchute, jaja).
Así que me temo que es hora de buscar mi boina negra entre la ropa de invierno que aún permanece durmiendo en las correspondientes cajitas en Guardias Viejas!


¿volamos juntas?

viernes, 6 de noviembre de 2009

Ayer, aparentemente un jueves como otro cualquiera…

08:10 de la mañana: suena Clocks en mi móvil, avisándome de que se aproxima la hora de levantarse. Sin embargo, algo en la pseudorrutina de tres días semanales a la que he dado vida para acallar mi conciencia, había mutado.
En lugar de marcar con dedo perezoso el botón de ‘aplazar’, para saborear esos “5 minutillos más”, me levanto de un salto, movida por la misma ilusión que apenas si me había dejado dormir.
Realmente es muy relajante levantarse con tiempo, comenzar un nuevo día sin prisas; peinarte (eso es algo a lo que no suelo acostumbrar), elegir la ropa que vas a vestir, logrando que las prendas combinen entre sí de una forma concienzuda y no azarosa (como suele ocurrirme por las mañanas), preparar café y tostadas sin que éstas terminen medio carbonizadas, obligándome así a raspar con un cuchillo la parte quemada (aunque más valdría raspar el fragmento poco quemado, terminaría antes); ver Bob Esponja mientras ingiero lentamente sendos alimentos…
Pero es que, a veces, esos 5 minutos son esenciales para no estar de mal humor todo el día, compensando ingestión masiva de radicales libres, pelo a lo Tim Burton, camisa de rayas y pantalones a cuadros…
De todos modos, éste no era el caso; ayer las sábanas se me antojaban pesadas.
Llego a clase de francés sin música (sacrilegio!), ya que mi mp4 se halla en casa nutriéndose para las interminables horas de viaje en bus que nos aguardan impacientemente. Tras salir de la Maison de France y preparar bocatas al más puro estilo excursión escolar (con tomate restregado incluido), me dirijo a la estación, camino tantas otras veces recorrido, esta vez en busca de distinto destino: Madrid.
En contra de toda predicción, el viaje no se palpa nada pesado entre siestecillas, canciones evocadoras de recuerdos (unos gratos, otros no tanto), chorradas varias que escapan tanto de los labios de Feli como de los míos; todo ello mezclado con la emoción de pensar hacia donde nos dirigimos.
Finalmente, la última media hora de viaje va adquiriendo un matiz más desesperante: atasco a la entrada, merienda a base de uñas pensando que no llegamos a tiempo… Pero no, a las 18:40 aproximadamente nos disponemos a coger un metro dirección Gran Vía, 70… Teatro La Chocita del Loro-Senator (gracias a este hecho, compruebo una vez más que mi orientación es nula y perfectamente comparable con la que pueda presentar un mono con gafas, quedando la mía muy por debajo).
En la boca de metro (¿por qué le llaman boca? no tiene forma de boca! y yo no quiero ser ingerida!), nos espera Cristina para contarnos sus experiencias por aquellos lares. Después de darle un cálido y mullidito abrazo, damos unos pasitos temblorosos, a causa del frío, para dirigirnos a la taquilla del teatro antes mencionado. Pidiéndolas con voz insegura, me hago con las dos entradas para ver el espectáculo de monólogos de Luis Piedrahita (parte del regalo que recibiría por participar en un concurso de su blog. La segunda parte, un libro dedicado por él, aún no ha llegado).
Tras un corto café para hacer tiempo, volvemos al destino deseado y, el segurata de la puerta se dirige a mí diciendo: 'ha llegado un libro para ti'. Con respecto a esto, prefiero que, en lugar de con palabras que llegarían a expresar muy poco, os quedéis con mi cara en ese instante.

Al despedirme de mi antes compañera de piso… Comienza el Espectáculo: risas, recuerdos, joderle a Feli todas las bromas, porque ya las conocía y, sin embargo, disfrutar de ellas como la primera vez que las oí, comprobando una vez más que me encantan…








A la salida, esperando a que mi compañera de viaje (de profesión miccionadora), saliese del baño, él abandona la sala, dirigiéndose al Hall y, para mi sorpresa, se acerca a mí para saludarme. Acto seguido, ella se nos une y nos disponemos a caminar, escuchando ambas con curiosidad como nos habla de nuevos proyectos para el blog; alimentando mi hipótesis, hoy transformada en firme teoría demostrada empíricamente, de que me encuentro ante una persona enormemente especial, poseedor de un millón de buenas ideas, las cuales se desbordan de sus bolsillos, adquiriendo forma mientras flotan en el aire antes de aterrizar.



Habiéndonos hecho la foto de rigor, nos despedimos a la entrada de un VIPS y, a pesar de llenar mi estómago con un suculento sándwich, noto una especie de vacío dentro de mí: el momento tan ansiadamente esperado pereció! Es realmente impactante como una ilusión muere más rápido incluso de lo que tarda en nacer, dejándonos por herencia una mezcla de alegría y desasosiego, compuesto homogéneo que apenas si nos permite diferenciar sus elementos integrantes: esas dos sensaciones tan opuestas.
Aún así, vimos un par de monólogos más que, a pesar de las expectativas que crearon en nosotras, consiguieron arrancarnos sonadas risas y… finalmente, de vuelta a casa.

Conclusión: 10 horas de autobús, 6 en Madrid… pasar un rato con este señor, no tiene precio… para todo lo demás ya sabéis, MasterCard. :)